Perdió a su hijo, su paz y su rumbo. Hoy, revela la pregunta que lo sacó del abismo: «¿Y ahora qué?».

Fecha de publicación: 30 de enero de 2026


Sus ojos reflejan una mezcla de vulnerabilidad y una paz sólida.

Entrevistador: Hay dolores que no se explican con palabras. Dolores que te hacen reclamarle al cielo: «¿Dónde estabas tú en ese momento?». Hoy nos acompaña alguien que caminó descalzo por la necesidad y terminó perdiéndose en el laberinto de la culpa, hasta que una invitación a desayunar cambió su destino para siempre.


¿Qué tan profundo llegaste en tu vida antes de encontrar un cambio?

Respuesta: Toqué un fondo que no solo era económico, sino del alma. Vengo de las fincas de café, trabajando desde los 12 años, regresando a clases con los pies «raspaditos» y marcados por la pobreza. Pero el verdadero abismo llegó con la muerte de mi hijo en un accidente.

Ese día me rompí. Recuerdo decir: “Yo preferí mejor haberme muerto con él”. Le grité a Dios: “¿Dónde estabas tú en ese momento?”. Mi hogar se convirtió en un campo de batalla de culpas; mi esposa me señalaba y yo me hundía en el silencio. Estaba confundido, vacío, solo preguntándome en la oscuridad: “¿Y ahora qué?”.

¿Qué hábitos o creencias limitantes te mantenían atrapado en tu vida anterior?

Respuesta: Vivía bajo la mentira de que mi valor dependía de mi cansancio. Llegué a tener cinco empleos a la vez, corriendo como un loco, creyendo que si me detenía, me desmoronaba. Tenía la creencia de que pedir ayuda era de débiles, así que me tragaba la frustración.

Me refugiaba en la «cadena de situaciones» que yo mismo provocaba para no mirar hacia adentro. Me resigné a la injusticia, viendo que hay comida para 50,000 millones de personas y aun así hay hambre. Pensaba que «así era la vida» y que yo solo estaba aquí para aguantar, no para vivir.

¿Qué evento o experiencia te llevó a encontrar una nueva perspectiva?

Respuesta: Fue una suma de «puertas» que se abrieron. La primera fue un desayuno de una fraternidad. Escuché un testimonio y esa frase se me clavó en el pecho: “Servir a la humanidad es la mejor obra de una vida”. Ahí entendí que «elegir es renunciar». Tuve que elegir renunciar a mi ego herido.

Pero el momento más sagrado fue el perdón. Le escribí una carta a mi hijo fallecido pidiéndole perdón. Esa carta me liberó. Poco después, adoptamos a un niño. Un día, lo vi vestido de blanco en su cuarto y, por primera vez, me dijo: “Papá”. Ese «Papá» sanó al niño que yo fui, aquel que solo conoció a su padre a los cinco años en una cancha de fútbol.

¿Qué cambios positivos y sorprendentes has experimentado desde entonces?

Respuesta: Lo más increíble fue «ponernos a cuenta» con mi esposa. La culpa dejó de ser el tercer integrante de nuestro matrimonio. Hoy ya no soy una víctima; soy un hombre con una misión.

He pasado de estar desconectado a entender que «entre mejor estemos informados», mejor servimos. Ahora lidero, pero no desde el mando, sino desde el servicio de «lavar los pies» a otros. Aprendí que las oportunidades son puertas que no siempre se repiten, y que la mejor oportunidad de la vida es la que te invita a transformarte.

¿Qué mensaje inspirador compartirías con quienes buscan transformar sus vidas hoy?

Respuesta: Si estás preguntándote “¿y ahora qué?”, quiero que sepas que el dolor no es tu destino final. No subestimes el poder de un desayuno, de una charla o de un grupo de personas que te hablen de ser «hombres transformados, hombres felices».

Recuerda: «Servir a la humanidad es la mejor obra de una vida». El perdón no es solo para los demás, es para ti. Si logras ponerte a cuenta con tu pasado, un día tú también escucharás a alguien llamarte «papá», «amigo» o «hermano» desde un lugar de amor puro. No dejes pasar esta puerta.


Entrevistador: El cambio no ocurre por suerte, ocurre por decisión. Si este testimonio ha tocado una fibra en tu corazón y sientes que es momento de dejar de sobrevivir para empezar a servir…

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