Entrevista exclusiva sobre el vacío del éxito aparente, el dolor de la calle y el poder de una rendición real.
20 de febrero, 2026
1. ¿Qué tan profundo llegaste en tu vida antes de encontrar un cambio?
Entrevistador:
Para quienes hoy se sienten al límite, ¿qué tan profundo llegaste en tu vida antes de encontrar un cambio?
Entrevistado:
Hubo varios “fondos”.
De niño, llegué al punto de que mi propia madre me dijo “si no te gusta, pues andate”… y me fui de la casa cinco, seis veces, teniendo apenas unos siete años. Aprendí a “sobrevivir en la calle”, rodeado de amistades mayores, muchas de ellas ya metidas en grupos que “ustedes recordarán cómo lo sufrimos”.
Después vino otro golpe: ver cómo a un amigo, con el que solo “íbamos a jugar basquetbol”, un muchacho en bicicleta le gritó, sacó el revólver y lo descargó. Yo pensé que “ese día yo me iba a morir”.
Más adelante, cuando parecía que mi vida ya estaba encaminada, llegó la ruina económica, la infidelidad en mi entorno cercano, la depresión en mi familia y la sensación total de incoherencia: decir que era parte de “la gente más feliz de la tierra” mientras por dentro sentía que “esto es mentira, esto no funciona”.
El abismo más profundo llegó una noche, “muy borracho con una jarra de cerveza”, en un lugar del que ni siquiera quiero decir el nombre. Ahí fue donde salieron de mi boca palabras que jamás olvidé:
“Mira, perdóname porque me siento vacío. Si tenés misericordia de mí, sacarme de aquí y llevarme a donde realmente pertenezco”.
Ese fue mi verdadero fondo: éxito aparente hacia afuera, pero total vacío hacia adentro.
2. ¿Qué hábitos o creencias limitantes te mantenían atrapado en tu vida anterior (a la fecha de la grabación)?
Entrevistador:
Antes de ese cambio, ¿qué hábitos o creencias limitantes te mantenían atrapado?
Entrevistado:
Uno de los peores hábitos fue “jugar mucho” con las cosas importantes: jugaba con lo espiritual, con mi familia y con la propia organización que me había ayudado. A veces me nutría “de lo que Dios me daba y se lo compartía”, pero otras veces simplemente me desconectaba y me perdía en la rutina.
También me atrapó la idea de que mientras más años o más títulos tuviera, “eso te va a funcionar” automáticamente. Aprendí, a golpes, que no es así.
Cuando empecé a tener prosperidad —empresa, carro, viajes, proyectos— apareció otro vicio que parece socialmente aceptado:
- Primero, el vicio de la validación: demostrar que “todo me iba a calidad”.
- Luego, el vicio del trabajo: “se me vino otro vicio peor que era el trabajo”.
Llegué a creer que, si trabajaba “de 5:00 a.m. a 1:00 a.m., todos los días incluyendo domingo”, eso iba a tapar el vacío interno y a arreglar la familia, la economía y mi sensación de fracaso.
Otra creencia limitante muy fuerte era el resentimiento. Tenía “una pelota de resentimiento” contra mi padre y contra varias personas. Oraba pidiendo bendición, pero seguía cargando la culpa y el rencor. No entendía por qué no se abrían las puertas económicas, hasta que reconocí: “hasta que no perdoné…”.
Y, por último, una creencia muy peligrosa: pensar que se puede vivir doble vida. Hablar de fe, de éxito, de ser parte de “la gente más feliz de la tierra”, mientras en realidad estaba “viviendo una vida que nunca había vivido” en fiestas, vicios y relaciones vacías.
3. ¿Qué evento o experiencia te llevó a encontrar una nueva perspectiva en la vida?
Entrevistador:
¿Qué evento o experiencia fue el punto de quiebre que te dio una nueva perspectiva de vida?
Entrevistado:
Curiosamente, no fue un solo evento, sino una secuencia de quiebres.
Primero, esa noche donde dije: “me siento vacío” con una jarra de cerveza en la mano. Fue la primera vez que reconocí, de frente, que había perdido el rumbo y que necesitaba que me llevaran “a donde realmente pertenezco”.
Luego vino algo muy simple, pero muy duro: ir con mi hija pequeña en bus, sin “ni $0.25 en el bolso” y escucharla decir: “papá, yo quiero una galleta”… y no poder comprársela. En mi mente escuché:
“¿A cuántas mujeres no subiste a tu carro y mirá ahora a la mujer más hermosa de tu vida, a dónde la andás?”
Ese contraste —entre el pasado de aparente éxito y la realidad de no poder darle una galleta a mi hija— me quebró por dentro.
Más adelante, hubo un momento clave:
- Años sin vender,
- Deudas,
- Sin gasolina para el carro,
- Y un corazón lleno de resentimiento.
Ahí, en plena crisis, dije: “¿Sabes qué? Perdono a mi papá”. Esa oración, que para cualquiera podría sonar sencilla, para mí fue un quiebre espiritual, emocional y hasta económico.
Después de eso, comenzaron a suceder cosas que rompieron mi lógica:
- Me llaman de una empresa con la que había salido peleado y me dicen: “aquí está tu trabajo, este trabajo siempre ha sido tuyo”.
- Más tarde, acepto un puesto con un salario mucho menor al que ganaba antes, pero sentía dentro de mí: “esto es lo que siempre has pedido”.
Y el quiebre espiritual más profundo fue sentarme, casi obligado por la desesperación, “adelante” en mi iglesia, sin contarle a nadie lo que estaba viviendo, y descubrir algo clave:
“La fraternidad no va a hacer lo que tu iglesia tiene que hacer, ni tu iglesia va a hacer lo que la fraternidad hace… ni la iglesia ni la fraternidad va a hacer lo que solo nosotros podemos hacer, que es tener una relación personal con el Espíritu Santo”.

Ahí cambió mi perspectiva: dejé de buscar solo estructuras externas y empecé a construir una relación interna real.
4. ¿Qué cambios positivos y sorprendentes has experimentado desde que adoptaste esta nueva perspectiva?
Entrevistador:
Desde que adoptaste esta nueva perspectiva, ¿qué cambios positivos —y quizá inesperados— has vivido?
Entrevistado:
El cambio más sorprendente no fue el dinero, sino la paz.
Recuerdo un diciembre en el que, humanamente, “yo debería estar llorando”, pero le decía a un amigo: “me siento gozoso, siento paz en mi corazón”.
A nivel personal:
- Pasé de sentir pánico a los eventos familiares y navideños a poder estar allí sin que la culpa, la vergüenza o el resentimiento me dominaran.
- Me convertí en papá soltero y aprendí cosas tan simples y profundas como cuando mi hija me dijo: “papá, peiname”.
- Aprendí a hacer “mocheras”, a limpiar la ropa, a cocinar, a estar presente.
- Dejé de esconderme detrás del trabajo, del alcohol o de las relaciones vacías, para asumir mi rol de padre y líder en casa.
A nivel profesional y económico:
- Después de perder consultorías, empresas y posiciones, llegó la oportunidad de empezar “desde abajo” nuevamente en el mundo de los restaurantes.
- Lo que comenzó como una ayuda puntual se convirtió en una sociedad real:
- “Hoy por hoy soy parte de cinco marcas de restaurantes”
- Dios comenzó a prosperarme “económicamente por otra rama” y hoy puedo decir: “no me hace falta nada”.
Lo más impactante es que estos cambios llegaron después de decisiones internas: perdonar, regresar a servir, dejar de “jugar mucho” con lo espiritual, y establecer una relación diaria con Dios en la madrugada, en medio del insomnio y la ansiedad.
En resumen, pasé de estar “reventado otra vez como tercera cuarta vez” y querer salirme de todo, a experimentar orden, propósito y una prosperidad integral: en el corazón, en la familia y en las finanzas.
5. ¿Qué mensaje inspirador compartirías con quienes buscan transformar sus vidas y necesitan un impulso para seguir adelante?
Entrevistador:
Para quienes hoy se sienten rotos, endeudados, traicionados o vacíos… ¿qué mensaje les compartirías para inspirarlos a seguir adelante?
Entrevistado:
Lo primero: no es casualidad que estés aquí, ni escuchando ni leyendo esto.
Yo también me senté en reuniones pensando que “quizás va a ser mi última reunión porque quizás no me están funcionando las cosas”. Ahí estaba:
- En crisis económica,
- En crisis familiar,
- Viviendo desintegración, depresión y resentimiento.
Pero aprendí algo:
- Puedes haber estado metido en la calle, en vicios, en infidelidades, en dobles vidas…
- Puedes haberte alejado de todo lo bueno que un día Dios hizo contigo…
Aun así, mientras tengas aliento, hay oportunidad de una nueva historia.
Si estás “económicamente mal”, si estás destruido por dentro, te lo digo desde mi propia experiencia:
- Hasta que no perdoné, las puertas no se abrieron.
- Hasta que dejé de jugar y me comprometí de verdad, la paz no llegó.
- Hasta que reconocí “me siento vacío” y pedí ser llevado “a donde realmente pertenezco”, no comenzó el proceso de restauración.
Mi mensaje es este:
No esperes a tocar el fondo más doloroso para reaccionar. Hoy puedes empezar por:
- Reconocer en qué áreas has estado “jugando mucho”.
- Tomar la decisión de perdonar, incluso a quien más te ha herido.
- Buscar una comunidad sana y un espacio donde puedas ser abrazado sin máscaras.
- Cultivar, cada día, una relación auténtica con Dios, con tu propia conciencia y con las personas que más amas.
Si yo, que estuve:
- En la calle desde niño,
- En medio de violencia y muerte,
- En ruina económica,
- En infidelidades y vicios,
- Abrazando a mi hija sin poder comprarle una galleta…
Hoy puedo decir que vivo en paz, con propósito y con nuevas oportunidades, también tú puedes experimentar un cambio radical.
Si esta historia resonó contigo, no te quedes solo con la emoción del momento.
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